Texto bíblico principal: Salmo 131:1-3
“En verdad que me he comportado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre; como un niño destetado está mi alma” (Salmo 131:2, RVR1960).
Es posible terminar el día con el cuerpo cansado y la mente todavía corriendo. Quedan conversaciones pendientes, noticias alarmantes, decisiones futuras, cuentas, expectativas y comparaciones. Incluso cuando todo está en silencio alrededor, por dentro continúan las discusiones, los temores y las preguntas.
El ruido interior no siempre viene de sonidos externos. A veces nace del deseo de controlar lo que todavía no ocurrió, de comprender lo que Dios no explicó o de alcanzar una posición que no nos corresponde. Otras veces procede de una herida real, una responsabilidad urgente o un duelo que necesita ser expresado. La quietud bíblica no exige llamar pequeño a lo que duele.
El Salmo 131 es breve, pero describe un aprendizaje profundo. David declara que su corazón no se ha envanecido, que sus ojos no son altivos y que no anda buscando cosas demasiado grandes para él. Después afirma que ha acallado su alma. No está celebrando ignorancia ni falta de responsabilidad. La serenidad de este salmo pertenece a quien dejó de exigir que la vida obedezca todos sus deseos.
El ruido de las grandezas
Parte de nuestra agitación procede de cargas legítimas. Hay problemas que deben ser enfrentados, responsabilidades que no pueden ser abandonadas y dolores que necesitan expresión. Sin embargo, otra parte viene del orgullo: queremos saberlo todo, resolverlo todo, ser reconocidos por todos y garantizar cada resultado.
La altivez no siempre se manifiesta mediante una conducta arrogante. Puede aparecer como incapacidad de aceptar límites. El corazón dice: “Yo debería tener una respuesta para esto”, “Esto no puede salir de mi control” o “Necesito demostrar que soy suficiente”. David comienza su camino hacia el descanso reconociendo que hay grandezas que no le pertenecen. Esa humildad no reduce su dignidad; lo ubica correctamente delante de Dios.
Acallar el alma tampoco significa desconectarse, reprimir emociones o evitar conversaciones necesarias. Hay silencios que nacen de la paz y otros que nacen del miedo. El salmista no huye de Dios: se coloca delante de él. La verdadera quietud permite reconocer la tristeza, la ira o la incertidumbre sin darles el gobierno absoluto del corazón.
Un alma que aprende a reposar
El niño destetado ya no se acerca a su madre solamente para exigir alimento inmediato. Puede permanecer junto a ella y descansar en su presencia. La imagen habla de deseos que fueron educados. El salmista no dejó de necesitar a Dios; dejó de relacionarse con él únicamente para obtener lo que quería. La espera lo llevó de la exigencia a la confianza.
El destete es un proceso, no un instante cómodo. Del mismo modo, el alma aprende a descansar atravesando frustraciones, aceptando límites y regresando muchas veces a la presencia de Dios. La madurez no elimina todos los deseos; los coloca en un orden nuevo. Podemos pedir con libertad y, al mismo tiempo, reconocer que el Señor sigue siendo bueno cuando la respuesta no llega en nuestro tiempo.
Acallar el alma es llevar delante del Señor lo que nos perturba y renunciar a alimentar la agitación. Esto puede incluir apagar por un tiempo las noticias, poner límites al teléfono, dejar una conversación para el momento adecuado o reconocer que pensar repetidamente en un problema no equivale a resolverlo.
También requiere distinguir entre oración y preocupación religiosa. Podemos repetir el problema muchas veces delante de Dios sin llegar a entregárselo. Orar incluye hablar, pero también consentir que el Señor siga siendo Dios mientras nosotros seguimos siendo criaturas amadas y limitadas.
Una práctica sencilla puede ayudar. Reserva algunos minutos sin pantalla. Lee lentamente el Salmo 131. Nombra aquello que está haciendo ruido. Después pregunta: ¿qué parte de esto me corresponde hacer hoy?, ¿qué pertenece al futuro?, ¿qué estoy intentando controlar? Asume la responsabilidad presente y entrega a Dios lo que está fuera de tus manos.
Quizás el ruido no desaparezca en un instante. El salmista dice que se comportó y acalló su alma; hay intención y aprendizaje. Algunas inquietudes regresarán y tendrán que ser entregadas otra vez. Cuando la agitación es persistente, afecta el sueño o impide cumplir las tareas cotidianas, pedir acompañamiento pastoral o profesional también puede ser una decisión sabia.
El salmo termina diciendo: “Espera, oh Israel, en Jehová”. La esperanza bíblica trabaja sin desesperarse, espera sin manipular y descansa sin abandonar el deber. En la presencia de Dios, el alma aprende que no necesita dominar el mañana para ser sostenida hoy.